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De Wikipedia, la enciclopedia libre

Dian Fossey
Información personal
Nacimiento 16 de enero de 1932 Ver y modificar los datos en Wikidata
San Francisco, Estados Unidos Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento 27 de diciembre de 1985 o 26 de diciembre de 1985 Ver y modificar los datos en Wikidata (53 años)
Karisoke Research Center Ver y modificar los datos en Wikidata
Causa de muerte Homicidio Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Estadounidense Ver y modificar los datos en Wikidata
Educación
Educación doctorado Ver y modificar los datos en Wikidata
Alma máter
Información profesional
Ocupación Antropóloga, primatólogo, etóloga, zoóloga, científica, académica y escritora Ver y modificar los datos en Wikidata
Área Etología Ver y modificar los datos en Wikidata
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Dian Fossey (San Francisco (California), Estados Unidos, 16 de enero de 1932-Ruhengeri, Ruanda, 26 de diciembre de 1985) fue una zoóloga estadounidense reconocida por su labor científica y conservacionista con los gorilas (Gorilla beringei beringei) de las montañas Virunga (en Ruanda y la República Democrática del Congo).

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  • La colaboración entre científicos dispares produce mejores resultados | Marta González
  • Dr. Jane Goodall: Primatology & The Leakey Foundation
  • 30 AÑOS DE LOS ESPECIALES DE NATGEO - 06-06

Transcription

Érase una vez una Bella princesa dormida por la maldición de una bruja vengativa. Todos sabemos cómo termina este cuento, cuando el apuesto príncipe consigue llegar hasta la princesa y con su beso la despierta y, por supuesto, la princesa cae inmediatamente rendida de amor a sus pies. Bueno los cuentos, cuentos son; y en las antípodas de estos relatos imaginarios encontramos las elaboraciones de la ciencia. Los cuentos son el mundo de la fantasía, y la ciencia es el mundo de los hechos. Sin embargo, el cuento de la bella durmiente se coló inadvertidamente en la representación científica de la fecundación sexual: el óvulo yace inerte, hasta que el más intrépido y veloz de los espermatozoides que lo corteja consigue llegar hasta él el primero, atraviesa su muro y lo activa para dar comienzo a una nueva vida. Esta proyección de ideas culturales sobre lo masculino y lo femenino, lo que hizo fue obstaculizar la investigación sobre los mecanismos activos que tiene el óvulo para captar a los espermatozoides y sobre los procesos de capacitación que el espermatozoide experimenta una vez que está ya dentro del tracto genital femenino. Hoy en día los óvulos actuales, lo mismo que las más modernas princesas de Disney, ya tienen iniciativa propia y además están bien despiertos. La ciencia nos proporciona el conocimiento más fiable que tenemos, que los humanos hemos desarrollado, sobre el mundo que habitamos. Pero la ciencia lo que no puede hacer es ofrecer verdades que sean simples e inapelables. Un buen ejemplo de esto lo proporciona la primatología. Descubrir las vidas y los mundos de estos parientes cercanos nuestros: los orangutanes, los babuinos, los bonobos, los chimpancés, es una tarea absolutamente fascinante, pero descubrir su mundo nunca fue únicamente esto. Porque a menudo lo que se buscaba al estudiar a los primates, era encontrar claves para entender el comportamiento de los primeros homínidos, un patrón primate que nos ayudara a conocernos mejor a nosotros mismos; y por eso Louis Leakey el famoso paleoantropólogo, a mediados del siglo XX, promovió la investigación en primatología. Leakey pensaba además que las mujeres íbamos a ser mejores primatólogas porque tenemos mayor capacidad para la empatía. Bueno, no sé si Leakey tenía o no razón con esto. Pero las mujeres que él reclutó: Jane Goodall, Biruté Galdikas, Dian Fossey con su ejemplo, narrado a través de documentales de National Geographic, se convirtieron en modelos y sirvieron como ejemplo para que en muchas jóvenes se despertara en ellas la vocación por la primatología y siguieran sus pasos. Por eso también la primatología es una ciencia muy peculiar, porque en ella encontramos muchas mujeres, más que en otras disciplinas científicas en las que a veces es muy difícil pensar en grandes científicas, mujeres relevantes más allá de la ubicua Marie Curie. Cuando van a las selvas, las sabanas, a las montañas, los bosques a observar a los primates, la imagen que teníamos acerca de estos parientes nuestros se parecía mucho a la de los personajes estereotipados de los cuentos. Los machos eran Tarzanes que conseguían comida para el grupo, defenderlos de los ataques externos y competían entre ellos por los favores de las hembras. Y las hembras, eran criaturas maternales que estaban dedicadas a la crianza y disponibles sexualmente para los machos. Cuando van a las selvas y a las sabanas, lo que nos ofrecen es una imagen mucho más compleja de las hembras, de los machos, y de las relaciones entre ellos, que los estereotipos de príncipes valientes y princesas desvalidas de los cuentos; y al volver más compleja la imagen que tenemos de los primates, lo que ocurre también es que va perdiendo cada vez más sentido la idea de mirarnos en ellos como en un espejo. Porque ahora cada individuo, cada especie primate, incluida la especie humana, es única y tiene valor propio. Jane Gooddall no solo nos descubrió que los chimpancés como especie eran capaces de usar instrumentos, como piedras, para abrir frutos secos o ramitas para meterlas en un termitero y comerse las termitas, o que eran capaces de transmitir cultura. También desveló que los comportamientos agresivos de los machos no significaban realmente que ellos fueran los que mandaran porque por ejemplo la chimpancé Flo de un modo mucho más sutil, era capaz de ocupar un papel relevante en la organización social del grupo y además transmitía a sus hijas ese alto estatus que ella tenía en la sociedad de Gombe. Jane Goodall fue capaz de ver lo que otros no habían visto antes porque entendió que cada miembro del grupo era un individuo interesante por sí mismo, que las hembras no eran un recurso más en unas sociedades dirigidas por los machos. Además, al extender en el tiempo el trabajo de campo, la propia Goodall y las sucesoras, las primatólogas que trabajaron con ella, nos ofrecieron una descripción muchísimo más acertada del comportamiento de las hembras. Las hembras ahora cazaban, buscaban activamente parejas sexuales, luchaban por mantener sus jerarquías dentro del grupo, hasta eran capaces de cometer infanticidio con las crías de otras hembras. Cuando solamente miramos lo que salta a la vista, a menudo podemos estar perdiéndonos lo realmente interesante. Esto fue lo que les ocurrió a los primeros primatólogos cuando fueron a las sabanas a observar a los babuinos: lo que vieron en primer plano fueron las peleas y las reyertas de los machos y entonces en el mundo de la guerra fría, ellos elaboraron una narrativa de acuerdo con la cual, las vidas de los babuinos dependían de la estructura jerárquica de sus machos. Estos machos eran individuos terriblemente agresivos, que competían entre ellos fieramente por las hembras, sin embargo, eran capaces de comportarse como una tropa muy bien disciplinada cuando se trataba de proteger al grupo de un ataque de un enemigo externo. Pero cuando la primatóloga Thelma Rowell fue a la sabana lo que vio tenía muy poco que ver con esta imagen militarizada. Ella vio que los machos no eran tan agresivos, que las hembras no estaban sentadas esperando que llegara su príncipe azul, que eran las relaciones entre ellas las que realmente estructuraban la organización del grupo, y que además estaban súper ocupadas consiguiendo comida para sus retoños, o cultivando las amistades que les iban a ser más favorables para ayudar a su prole en el futuro. El modelo militar de los babuinos fue poco a poco desmontándose, y otras primatólogas como Jean Altmann, Shirley Strum, Barbara Smuts, también contribuyeron a desmontar ideas muy arraigadas. Por ejemplo, la idea de que los machos dominantes tienen un acceso prioritario a las hembras y por tanto, hay más crías del grupo que son hijas suyas. Ellas lo que nos descubrieron es que el macho más fanfarrón no era realmente el que más ligaba, y que las hembras apreciaban muchísimo la cualidad de la discreción a la hora de elegir con quien aparearse. Montar esta nueva imagen de los babuinos requería mirar en segundo plano, lo que ocurría más allá de las ruidosas reyertas de los machos. Esto Jean Altmann lo hizo elaborando protocolos sistemáticos de observación, que garantizaran, que cada individuo y miembro de grupo iba a ser observado y no solamente los que fueran más ruidosos o llamaran más la atención. Precisamente la vida sexual de las primates es un grandísimo ejemplo de la fuerza que tienen las creencias para dirigir nuestras observaciones y la interpretación de las mismas. Durante mucho tiempo la idea tradicional era que la iniciativa sexual era una cuestión únicamente de los machos y se dudaba, se debatía sobre si las hembras de los primates disfrutaban con el sexo y si tenían incluso orgasmos; cuando nunca se discutió acerca de si los machos tenían orgasmos. Pero el trabajo de Amy Parish con los bonobos, o el trabajo de Sarah Hrdy con los langures, nos descubre que las hembras son individuos que buscan activamente el sexo, que además para ellas el sexo no es solamente importante por su papel en la reproducción. Según Sarah Hrdy el sexo para las primates es también placer y estrategia. Sarah Hrdy sostiene que el disfrute, que el orgasmo que les provoca a las hembras de los primates las incentiva a tener relaciones con muchos machos. La ventaja que esto tiene es la de preservar a sus crías, porque a menudo los machos lo que hacen es matar a las crías que no son suyas para provocar que las hembras que están amamantando entren de nuevo en celo. De este modo las crían se mantenían de algún modo a salvo. Esta imagen de las primates como individuos que son activos sexualmente contrasta terriblemente con la imagen que habíamos tenido tradicionalmente acerca de por qué las hembras humanas tenemos orgasmos. Lo que se decía tradicionalmente es que las hembras humanas tenemos orgasmos porque esto refuerza el vínculo monógamo de la pareja. De tal modo, las mujeres ofrecemos a los hombres acceso ilimitado al sexo y ellos a cambio nos proporcionan, nos ayudan a cuidar de nuestras hijas. Entonces Sarah Hrdy lo que hace es darle la vuelta a este relato tradicional, y las hembras que eran pasivas, que eran fieles, convertirlas en hembras asertivas y promiscuas. Lo que creemos que somos y cómo creemos que debemos ser, en estos relatos de adaptación, aparece de algún modo ligado por la fuerza que tiene la evolución para definirnos. Estas transformaciones que las primatólogas introdujeron en los métodos y teorías científicas, nos demuestran que el punto de vista y la perspectiva es realmente importante. Ellas con su perspectiva parcial, lo que hacen es mostrarnos que la perspectiva dominante que había sido la masculina, es también una perspectiva parcial. Esto ocurre también por ejemplo en la paleoantropología, donde durante mucho tiempo la hipótesis dominante fue la del "hombre cazador": la idea de que los humanos somos lo que somos porque los hombres del pasado iban a cazar y por eso hemos desarrollado el lenguaje, el uso de instrumentos, el bipedismo incluso. Adrienne Zihlman, Nancy Tanner, Sally Slocum, ellas muestran el sesgo de la hipótesis del hombre cazador proponiendo la hipótesis de la mujer recolectora. Dicen: no, no somos lo que somos porque los hombres del pasado fueran a cazar, somos lo que somos porque las mujeres del pasado criaban y recolectaban. Esta teoría estaba bien respaldada por la evidencia empírica, pero no fue en lo absoluto aceptada por la comunidad científica, porque su evidente parcialidad era demasiado obvia. Pero lo que hizo esta evidente parcialidad fue poner de manifiesto que la perspectiva que había sido dominante era también una perspectiva parcial, pero una parcialidad que había estado oculta e invisibilizada. En arqueología, psicología, antropología, sociología, en todas estas disciplinas encontramos ejemplos a través de los cuales las científicas nos demuestran que los estereotipos de género tienen una grandísima fuerza para definir aquello que aceptamos como verdadero. Y también hay otras disciplinas, como la medicina, en las que se muestra esta ceguera de género La idea de que el varón es el individuo universal de la especie humana, obstaculizó durante mucho tiempo la investigación sobre las peculiaridades de la enfermedad cardiovascular en las mujeres, excluidas de los ensayos clínicos porque somos sujetos inestables; todo el conocimiento sobre el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad coronaria, se montó sobre datos obtenidos de los varones. Cuando la epidemiología lo que nos dice es que la enfermedad coronaria es una causa muy importante de muerte en las mujeres... aunque quizás sería más adecuado decir que la causa de muerte de muchas de éstas fue más bien la ignorancia acerca de la sintomatología específica, acerca de los factores de riesgo, o acerca de la eficacia y la seguridad de los medicamentos en su tratamiento con las mujeres. En definitiva, lo que se decide ignorar es tan importante como lo que se decide conocer en la ciencia. Y estas decisiones los científicos y las científicas las toman condicionados por sus propias situaciones parciales, que condicionan las preguntas que se formulan, los métodos que se utilizan, los datos que se consideran relevantes, y las preguntas que son aceptables y que son aceptadas. Tendemos a ver y a escuchar aquello que mejor encaja con lo que creemos saber o con lo que de hecho sabemos. Y por eso, estos ejemplos lo que nos demuestran es que la perspectiva y el punto de vista es muy importante. De todos modos, la perspectiva de las mujeres no es más objetiva que la perspectiva de los hombres, pero si contribuye a una mayor objetividad al poner de manifiesto aquello que había estado oculto que es en este caso que el punto de vista masculino es un punto de vista parcial. Quizá, el valor más importante para la objetividad científica sea el de la pluralidad. Porque una ciencia más plural, es una ciencia que está mejor preparada para identificar aquellos puntos ciegos, provocados por una única perspectiva parcial dominante. Una ciencia más plural entonces, será una ciencia más robusta; porque como decía Richard Levins: "Las verdades que aceptamos son la intersección de mentiras independientes". (Aplausos)

Biografía

Nació en San Francisco en 1932, y se graduó en Terapia Ocupacional en el San Jose State College en 1954 pasando varios años trabajando en un hospital de Kentucky. Motivada por el trabajo de George Schaller, destacado zoólogo estadounidense que se dedicó al estudio de los gorilas, Fossey viajó a África en 1963. Allí observó y estudió a los gorilas de las montañas en su hábitat natural y conoció al arqueólogo británico Louis Leakey, de quien aprendió la importancia del estudio de los grandes simios para comprender la evolución humana.

En 1966 logró el apoyo de la National Geographic Society y la Fundación Wilkie para trabajar en Zaire, pero pronto la complicada situación política del país la forzaría a trasladarse a Ruanda para continuar sus investigaciones. Su paciencia y su meticulosa observación de los gorilas le permitieron comprender e imitar su comportamiento, ganando paulatinamente la aceptación de varios grupos. Aprendió a reconocer las características únicas de cada individuo, llegando a tener con ellos una relación de confianza y afecto. Karisoke, su lugar de estudio, se convirtió en centro internacional de investigación sobre los gorilas cuando ella fundó el Centro de Investigación de Karisoke en 1967. En 1974 recibió el grado de doctora en Zoología por la Universidad de Cambridge.

En 1983 publica Gorilas en la niebla, libro que expone sus observaciones y su relación con los gorilas en todos sus años de estudios de campo.

En sus 22 años de estudio con los gorilas, Fossey enfrentó y combatió la actividad de los cazadores furtivos que estaban llevando la especie de los gorilas de la montaña a la extinción. Esta lucha le creó muchos enemigos, y se sospecha que fue el motivo de su asesinato en 1985.[1]

Su muerte, a machetazos, fue atribuida al jefe de los cazadores furtivos de gorilas contra los que luchó. En un principio se señaló a los furtivos, pero posteriormente fue acusado Wyne McGuire, un joven estudiante que se encontraba bajo la asesoría de Fossey y al que se le acusó de ‘celos profesionales’. McGuire huyó a Estados Unidos poco antes de que un Tribunal ruandés le acusase del crimen y le condenase a morir fusilado en cuanto pisara territorio de Ruanda. Hoy en día, sin embargo, la teoría más extendida es la del asesinato a manos de los furtivos con el apoyo de las autoridades ruandesas.

Su trabajo contribuyó en gran parte a la recuperación de la población de gorilas y a la desmitificación de su comportamiento violento.

Fossey fue encontrada asesinada en el dormitorio de su cabaña en las montañas de Virunga, Ruanda, el 26 de diciembre de 1985. La última entrada en su diario decía:

Cuando te das cuenta del valor de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre el pasado, y se concentra más en la conservación para el futuro.

El cráneo de Fossey había sido dividido por una panga (machete), una herramienta ampliamente utilizada por los cazadores furtivos, que había confiscado a un cazador furtivo en años anteriores y colgado como decoración en la pared de su sala de estar junto a su dormitorio. Fossey fue encontrada muerta junto a su cama, con su pistola a su lado. Ella estaba en el acto de cargar su arma, pero escogió el tipo incorrecto de municiones durante la lucha. La cabaña mostró signos de una lucha porque había vidrios rotos en el suelo y las mesas, junto con otros muebles volcados. Todos los objetos de valor de Fossey todavía estaban en la cabaña - miles de dólares en efectivo, cheques de viaje, y equipo fotográfico permanecían intactos. Ella estaba a 2 metros de distancia de un agujero cortado en la pared de la cabaña en el día de su asesinato.

Fossey fue enterrada en Karisoke, en un sitio que ella misma había construido para sus amigos gorilas muertos. Fue enterrada en el cementerio de gorilas cerca de Digit y cerca de muchos gorilas asesinados por los cazadores furtivos. Los servicios conmemorativos se llevaron a cabo también en Nueva York, Washington y California.

El testamento de Fossey establecía que todo su dinero (incluidas las ganancias de la película de Gorilas en la niebla) debería ser destinado a la Fundación Digit para financiar las patrullas contra la caza furtiva. Sin embargo su madre, Kitty Price, impugnó el testamento y ganó.

En 1988 la vida y obra de Fossey fue retratada en la película Gorilas en la niebla (Gorillas in the Mist), dirigida por Michael Apted y protagonizada por Sigourney Weaver.

Notas y referencias

  1. Notable American Women: A Biographical Dictionary, vol. 5: Completing the Twentieth Century by Susan Ware and Stacy Braukman P. 221, Radcliffe Institute for Advanced Study - 2004 ISBN 0-674-01488-X

Enlaces externos


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